domingo, 26 de junio de 2011

Añoranza

Nunca me había topado de frente con mi compañero. Durante años yo apenas llegaba a observar su reflejo; pero estaba seguro de su compañía. Lo sentía vivo y tenía la certeza de que la vida, con él, se veía en otra dimensión. Con el pasar del tiempo, pude sentir el desgaste de mi compañero… Aunque no lo veía, me afectaba enormemente. Al despertarme, luego de un profundo sueño, percibí una sensación de vacío, tan honda, que lloré. Inmensurable fue mi tristeza cuando, en un espejo, vi un hueco en el lugar que ocupaba mi compañero: él fue extirpado a causa de un golpe azaroso. ¡Ni siquiera pude despedirme de él! Ahora, yo, el ojo izquierdo, tendré que ver la vida solo… hasta que él vuelva.

domingo, 19 de junio de 2011

Instalación de pozos

Tan pronto fue abandonado, empezó su manía de cavar un agujero. Concibió un pozo profundo y lo instaló en el medio de la víscera de sus sentimientos. Me dijo que era «por si decide volver… o por si llega alguien nuevo». Lo que nunca me dijo fue si pensaba refrescar con las aguas del pozo a la persona que llegue o, por el contrario, tirarla a lo profundo. Mientras tanto, el agujero sigue allí, hondo, muy hondo… esperando.


domingo, 12 de junio de 2011

El ídolo mudo

Aseguran que subió gateando del cielo a la tierra. Tuvo que aprender la distancia, conocer el tiempo, descubrir la permanencia de los objetos y las personas. Cuando iba a empezar a pronunciar su primer discurso, a un viento-que-juega se le escabulló una ráfaga que llevó sojuzgadas sus palabras-vírgenes hacia un abismo allende el mar. En cada amanecer lo colocan con la boca abierta, de cara al viento, esperando el retorno de ráfaga-prófuga con las palabras en cautiverio. En el ínterin llora, ríe y bosteza. Todavía le acomodan un babero cuando le tributan con suaves manjares.

domingo, 5 de junio de 2011

«Usados»

Una vida de tedio incitó a Roque Fello a husmear en el Mirador de Barranca, en donde cada sábado tiene lugar el mercado de productos de segunda y tercera mano. Allí los pregoneros de artefactos usados se dan cita cantando sus «precios sin parangón». Roque Fello no falta ningún sábado. Unas veces acude en la mañana; otras, en la noche: sabe que las mercancías varían según avanzan las horas.
El modesto apartamento de Roque Fello va acumulando sus compras sabatinas, desde cachivaches hasta objetos de ingeniosas inventivas. Como asiduo comprador del Mirador, ha engrosado un repertorio de mercadería adquirida que abarca:
-Una revista Selecciones de enero del 89 («perdí un dólar: sus artículos no me supieron como antes»).
-Una caricatura enmarcada de Buda jugando ajedrez con Freud, obra en litografía de autor desconocido, tamaño 17 x 22 pulgadas («le da un aire intelectual-filosófico a la sala»).
-Un poncho mapuche («al menos eso dijo el mercader») tejido con hebras de colores cálidos («no me gusta comprar ropa usada, pero el poncho sí porque eso se usa en los sitios donde la gente no suda»).
-Una novela de Agatha Christie con otra hazaña de Poirot, con apuntes manuscritos en sus márgenes («estoy seguro de que son trazos de veinteañera»).
-Un cd de un concierto de Facundo grabado en vivo, casi intacto («buena inversión»).
-Una mochila-paraguas autografiada por su fabricante («¡muy práctico y original!»).
Con cada cosa comprada, Roque Fello hace una dinámica de imaginación, una especie de ritual de siete preguntas: ¿Qué tanto valor tiene? ¿Fue usada en otro país? ¿Cuántos dueños ha tenido? ¿Quién fue su anterior dueño o dueña? ¿Era una persona limpia? ¿Por cuánto tiempo la usó? ¿Por qué se desprendió de ella?
En este momento Roque Fello está con la chica que cohabita con él desde hace dos noches («5 pies, 6 pulgadas, también la conseguí en el Mirador del Barranco»). En este momento Roque Fello está cavilando con sus siete preguntas.

domingo, 29 de mayo de 2011

De abrir y cerrar de ojos

En la última era glacial, una elfina muy niña sacudió a su padre: «¡Tengo frío!». Su papá le pidió abrir su mirada aniñada. Así le entró calor a su cuerpecito. Entonces, su padre, aterido, tiritó de frío. Cerró su mirada adulterada. Así guardó calor en su delirio.

domingo, 22 de mayo de 2011

Trilingüe

¿Recuerdas cómo nos conocimos en la Facultad de Idiomas? Quizás fue por ese exótico rictus en tu sonrisa o el crucifijo naíf colgado en mi cuello... lo cierto es que la confianza mutua no requirió de mucha incubación. Compartimos el deleite por las lenguas, las horas de estudio, los diccionarios, los lápices, los apuntes, las empanadas pedidas a domicilio, los refrescos de uva... Al final del semestre propuse celebrar nuestras excelentes calificaciones. Y tú, saltando los convencionalismos de una sociedad machista, tomaste la iniciativa de sugerir unas vacaciones en Europa los dos juntos, con la excusa de que así practicábamos lo aprendido.
En el primer avión te conté de cómo me había encariñado con mi soledad de 25 años. Tú sólo me enseñabas tu enigmática sonrisa.
Estuvimos bajo el cielo británico. Cuando el Big Ben marcó las 5, tomamos el té ceremonioso, y luego paseamos mano a mano repitiendo una y otra vez nuestra palabra favorita en inglés: «We».
Nuestro segundo destino fue París. En la plaza frente a Notre Dame, con el Sena como testigo, me confesaste tu enamoramiento y, de nuevo por encima de las normas sociales, me propusiste matrimonio. Sobrecogido, te respondí en perfecto francés: «Oui».
Cruzamos los Pirineos y arribamos a Madrid. Aprovechando la multitud en la Puerta del Sol, amparado por el Oso y el Madroño, desaparecí de ti. En buen castellano: «Huí».
A los seis meses conseguí trabajo como camarero en una tasca cerca de Callao en donde frecuentan turistas de habla inglesa y francesa.
Después de 25 años sin saber de ti, mi compañera soledad ya empieza a lastimarme. Lo que más me duele es ignorar si aún muestras tu rictus cada vez que me recuerdas, si es que mantienes memoria de mí...
¿Sabes que la palabra que más me atormenta sigue siendo monosilábica? «¡Uy!».

domingo, 15 de mayo de 2011

Compra-venta

«Disculpe, vengo a venderle un detalle».
«¿Un detalle de qué?».
«Es un detalle independiente: no está supeditado a nada ni a nadie. Un detalle nomás».
«No, gracias».
«Pensé que a usted le agradaban los detalles».
«¿Para qué quiero un detalle de nada ni nadie?».
«Si usted lo adquiere, será suyo, o tal vez prefiera regalárselo a alguien».
«Lo siento; no me interesa».
«En ese caso, ¿le gustaría venderme un instante?».
«¿Un instante de qué?».
«Un instante independiente: un instante nomás».