A Jesús de Nazaret, creador de cuentos que no son puros cuentos, sino cuentos puros de Verdad... A Laura, creamos juntos un relato que no es corto, sino hasta que la muerte nos una más.
domingo, 20 de marzo de 2011
El tiro de gracia
Ese día, el viento cuaresmal lleva a un agotado pelotón del ejército a rondar por la aldea. Al frente va el coronel, famoso por sus sanguinarias torturas. Emboscada: tres minutos de fuego cruzado. Todos los soldados caen abatidos, sorprendidos por los francotiradores.
Al bajar la polvareda, retorna el silencio. Apenas se oye el gemido del coronel, herido de muerte en las escalinatas del atrio. Suplica: «Por favor, no me dejen morir así, soy católico…». El comandante guerrillero se acerca, se inclina ante el moribundo, diciéndole: «Hoy haré tres favores: un alivio a la patria, un alivio a tu espíritu y un alivio a tu cuerpo». Traza la señal de la cruz: «“Vale por mil un día en tus atrios y prefiero quedarme en el umbral, delante de la casa de mi Dios”. Si quieres morir en gracia, aquí estoy, hijo mío. Ave María purísima…». Sigue un diálogo en susurros, y más tarde… la absolución. Luego de la confesión, un «sacrificio de alabanza», un agudo silbido retumba en la capilla: el tiro de «gracia».
domingo, 13 de marzo de 2011
¿Por qué rías?
Por la misma época, la tabla rasa de mi mente grabó su propia versión de sentido común: 1) Las personas mayores gozan de privilegios que carecen los menores. 2) Soy un menor. 3) Tengo que convertirme en persona mayor. Con esa sencilla dialéctica, busqué una mayoría para ser mayor. Contra mis pronósticos, la mayoría en la escuela eran menores de edad, con lo que fracasé en mi primer ensayo de pragmatismo.
Quedé aún más en ridículo cuando le expuse a la profesora que debíamos pertenecer a la infantería puesto que éramos infantes. Mis compañeros se rieron de mí, claro, sin lograr entenderme porque yo los superaba en mis teorías (Teo = Dios).
Mi desilusión fue tal que todos en la escuela decían que mi rostro era cada vez menos risueño. Quise buscar ría por si me otorgaba risa, pero mi lógica de impúber razonaba que si ría precedida de perfume (perfumería) es la tienda donde venden perfumes, ría precedida de nada (ría) debería ser el lugar donde venden nada. Concluí que era imposible que ría me devolviera la risa pues no daba nada. (Años después encontré la palabra nadería. Hoy nadaría en cualquier ría con tal de desenredar este rollo).
Entonces me dirigí a alegría en el diccionario. Mi inexperiencia en el manejo de libros voluminosos hizo que, en lugar de alegría, tomara alergia. Me convertí en hipersensible a las palabras: sabía que me enojaría si alguien me hablaba de calorías o de disentería (que nada tenía que ver con decencias).
Con los años abandoné las prácticas filosóficas de mi infancia y llegué a ser dueño de una librería (no pude instalar una factoría, como era mi deseo, porque ignoraba cómo vender factores). Creo que escogí librería porque, en el fondo, quería ser libre y reconciliarme con las palabras. Entre mis habituales clientes está María, toda una maestría en belleza. Con ella he dejado la pedantería y la altanería para enfocarme en la galantería. ¿Me amaría con mis niñerías? He llegado a pensar que la vida de todos mejoraría si, en vez de buscar mejoras dentro de mejorías, nos zambullimos en el mar de mi cliente favorita. Tal vez así recupere mi sabiduría de párvulo... Debería.
domingo, 6 de marzo de 2011
SOS Robinson Crusoe
Inicio el décimo mes de supervivencia en esta isla. Mis dedos ya escriben solos, sin requerir órdenes de controles superiores. Perdí la cuenta de los papelitos escritos, mensajes que he ido depositando en las tripas de botellas confidentes. Sigo arrojándolas para que las solitarias olas las transporten lejos, hacia la vista de alguna persona orillada. La distancia que alcanzan mis lanzamientos es cada vez más corta... ¿debido a la escasez de mis fuerzas internas? La ausencia de respuesta provoca refugiarme en animales exóticos de cuatro, seis, ocho y hasta cien patas, que se reproducen con descaro. Mi barriga, mi encierro y mi cerco aumentan a tal punto que temo ir más allá: estoy sitiado por vidrios rotos. Con todo, no he dejado de descorchar garrafas de vino, y continuo destapando botellas de cerveza en el Midtown de Manhattan.
domingo, 27 de febrero de 2011
«Pensamiento lateral»
Me dispuse a montarme en mi carro, acercándome al vehículo por su flanco, como debía ser. El problema era que su puerta, cerrada, por extraño que parezca, estaba de costado, perpendicular al carro. Abandoné la idea de conducir, no sólo porque no pude entrar al carro, también me fijé que nada más veía los automóviles de costado: me era imposible notar los vehículos que venían de frente.
Para colmo, todas las personas estaban de perfil. Unos peatones intentaban verme de frente, pero sus esfuerzos resultaron estériles: irremediablemente yo sólo los podía contemplar de perfil. Entonces me miraban horrorizados como si yo fuera el culpable de su «lateralidad».
A veces me agradaba la idea de observar la gente sólo de perfil. Algunas féminas se tornaban más agraciadas debido a las siluetas sinuosas que se percibían desde esa óptica; pero no podía apreciar si aquélla que me miraba sufría de estrabismo o no.
Tenía que telefonear a mis amigos para contarles el fenómeno, pero por más que traté no pude colocar el celular de frente. Entonces pensé en lo aburrida que sería una vida mirando el televisor, la computadora y el espejo solamente por sus lados.
Agobiado por esa vida «lateralizada», quise refugiarme en mi casa. Todo iba peor: sólo veía mi casa de lado, no era capaz de ver su fachada delantera ni de dar con la puerta frontal. Me quedé fuera de casa, esperando. Saqué un libro de bolsillo para leer y matar el tiempo, pero ¿cómo aprovechar un libro si sólo lo podía mirar por el lomo? Empezó a llover. Las gotas me golpeaban lateralmente...
Hasta aquí lo que pude recordar del sueño. Esta mañana quise contarlo a mi esposa, pero me contuve. Si le hubiera narrado mi sueño, seguro que me habría dicho que eso me pasaba por no asumir las cosas de frente, evitando encarar los problemas, por siempre irme por la tangente y vivir al costado. No quise enfrentar una discusión con ella, por eso vine.
Creo que mi mujer tiene razón: confieso que he pasado por la vida sólo de lado... ¿Cuál fue la penitencia que usted me puso? ¿Empezar a afrontar mis realidades? La próxima vez intentaré confesarme de frente a usted.
domingo, 20 de febrero de 2011
Histeria
Telefonea a Jorge, pero el ruido exterior no le permite distinguir nada del otro lado del auricular. Las explosiones son cada vez más cercanas y fuertes, y su miedo se convierte en terror. Ni se atreve a acercarse a la ventana… ¿Para qué arriesgarse?
Sus manos tiemblan, las lágrimas ruedan, su corazón se descontrola en una mente nublada.
Al fin se asoma una idea: se conecta al noticiario. «¡Hoy se inaugura el carnaval!». Entiende la confusión. Se sienta a reír y llorar. Se calma. Afuera siguen las explosiones. Carnaval.
Decide salir a «botar el golpe». Cuando abre la puerta, alguien le roza el pantalón llamando su atención. Volteándose, se encuentra con un revólver apuntándole a la cara. «¡Bang! ¡Estás muerta!», dijo su vecinito de cuatro años, disfrazado de cowboy, con la fatal «pistolita» que encontró por ahí.